Como los cristianos confunden el tema de la heterosexualidad (What Christians Get Wrong about Heterosexuality)

Preston Sprinkle republicó un ensayo de 2017 por Greg Coles: “You don’t need to pray that God makes me straight” (“No hay que rogar a Dios que me haga heterosexual”). Salió recientemente en el Center for Faith, Spirituality, and Gender. Coles rechaza fuertemente la idea de la heterosexualidad.

El mensaje de Coles se une a un grupo grandísimo de libros y coloquios que animan los cristianos para involucrarlos en los asuntos LGBT. Se supone que deben compartir “la verdad en amor.” Hay líderes destacados de este movimiento con vínculos en instituciones cristianas. Por ejemplo Mark Yarhouse es catedrático en Regent University.

El Center de Sprinkles se parece a Love Boldly, Faith in America, Reformation Project, Revoice, Spiritual Friendship, New Ways Ministry, y LivingOut. También hay los Metropolitan Community Churches. Hay gente famosa que colabora con ellos, como Jackie Hill Perry, Rosaria Butterfield, Karen Swallow Prior, Wesley Hill, y Sam Allberry.

Estos grupos quieren hacer puentes entre dos perspectivas opuestas. Una adapta la exégesis bíblica a la cultura posmoderna. Cuando toma en cuenta la cultura homosexual de hoy, dicha perspectiva apoya la identidad, el deseo, o hasta los actos homosexuales (lea aquí para estudiar “Lado A” versus “Lado B”.)

La otra perspectiva distingue las culturas de hoy valorizándolas por la autoridad de la Biblia. Siguiendo lo que dice la Biblia, considera pecados las identidades, los deseos, y los actos actuales homosexuales (aquí hay un argumento que relaciona los movimientos sexuales posmodernos con la historia bíblica de Sodoma.)

Coles dice que son parecidas la heterosexualidad y la homosexualidad porque las dos son igualmente rotas y llenas de pecado. Él declara, “gay o straight, somos todos vulnerables a los comportamientos lujuriosos.” Él presenta una decisión entre dos opciones distintas:

  1. rechazar toda la sexualidad porque toda es igualmente pecaminosa, o
  2. ofrecer la misma gracia a todos deseos sexuales.

La primera opción les negaría a los cristianos los placeres y la procreación de sexualidad normal. Esto es imposible y no es conforme a lo que manda Jesús (Él glorifica las relaciones íntimas entre hembras y hombres dentro del matrimonio en San Mateo 19:4-12 y en San Marcos 10:6-12.) Les lectores se obligarán a escoger la segunda opción.

Entones la gracia a toda sexualidad se convierte de facto en apoyar el deseo homosexual. Esto es retórico pero no es bíblico.

Si se borran las diferencias entre la heterosexualidad y la homosexualidad, se fortalecen varias creencias pro-LGBT:

  1. Los deseos son “normales,”
  2. Los deseos hacen una “identidad,” y
  3. Es “discriminación” esperar que los homosexuales superen sus deseos, si no esperamos lo mismo con respecto a los heterosexuales.

Aceptadas estas creencias, es muy difícil seguir una ética casta, hasta si tenemos los motivos más puros. Estudien el caso de Julie Rodgers en Wheaton College.

Mientras tanto, los contextos católicos y seculares, homosexuales y heterosexuales, todos dan razones a los evangélicos para tener muchísimo cuidado con esta retórica. La iglesia católica sufre consecuencias catastróficas debidas a los abusos sexuales por sacerdotes. Entre estos ochenta y cinco porciento ocurrieron entre el mismo sexo. También el movimiento MeToo enfocó abusos heterosexuales causados por la pérdida de fronteras sexuales. Los límites ciertos importan. Sin embargo el movimiento para “verdad en amor” se hace siempre más popular.

¿Qué está pasando? En vez de analizar todas las reacciones cristianas a la homosexualidad, uno puede encontrar más ilustración si uno estudia porqué los evangélicos no entienden muy bien la heterosexualidad.

Fui redactor del libro Jephthah’s Daughters (2015). Se incluyó en él un capítulo mío titulado “Problema de Mujeres.” En Norteamérica, muchas veces la fobia del sexo produce un miedo varonil de mujeres y un miedo femenino de hombres. Entonces los hombres evitan las mujeres y las mujeres evitan los hombres. El resultado es una cultura que separa los sexos uno del otro. Nathaniel Hawthorne no inventó por nada sus historias del temor que los puritanos sentían acerca de la sexualidad. De “Rip van Winkle” a Walden, se encuentra una historia muy larga de norteamericanos que huyen de la heterosexualidad doméstica (también investigo este enigma en varios capítulos de Colorful Conservative.)

¿Coles presenta una nueva idea? De verdad tiene siglos. Él y la mayoría de los demás en este movimiento empiezan con una idea equivocada. El gran desafío para los cristianos de hoy no es “¿cómo reaccionamos a la homosexualidad?” sino “¿cómo cultivamos una heterosexualidad bíblica?”

En Génesis 1-2 Dios diseña los machos y las hembras para que acompañen y beneficien uno a otra (y una a otro) por medio del acto sexual. El quinto mandamiento en Éxodo 20:12 presenta “madre” y “padres”—papeles relacionados al acto sexual y a la procreación—como personas que se deben respetar igualmente, para que la “tierra” entera encuentre prosperidad. Rechazar un sexo es rechazar el diseño de Dios en la escritura.

Dios no creó orientaciones sexuales. Él creó sexos. Dios dio a cada sexo un cuerpo capaz de regalar placer físico e hijos al otro sexo. Todos son heterosexuales porque todos nacen en cuerpos de hombre o mujer. Esta verdad no cambia hasta si uno tiene sentimientos muy difíciles contra los cuales uno debe luchar. La homosexualidad no tiene nada que ver con la heterosexualidad y la primera no equivale a la segunda.

Hay gente que sienten deseos poderosos hacia el mismo sexo. Así narra Greg Coles en su ensayo. Pero no cambia la verdad que ya son heterosexuales porque Dios los creó así, así que la Biblia nos cuenta. Los hombres en tal situación tienen que dejar de analizarse a sí mismos para adivinar si pueden hacerse straight—basta ya con aquel debate muy cansado. Necesitan maestros que pueden ayudarlos a invitar muchachas para ver si pueden casarse con una.

Los ministerios deben ayudar la gente a prepararse mentalmente, físicamente, y espiritualmente para el noviazgo deliberado del otro sexo. Coles relata sus propios fracasos cuando no pudo sentir deseo al ver imágenes pornográficas de mujeres desconocidas. Allí él pierde su hilo. Dios creó el cuerpo de este hombre para que sea atractivo a una mujer. Entonces Greg Coles tiene un regalo que debe compartir. Los ministerios deben animar los cristianos a utilizar sus anatomías dadas por Dios. Su anatomía sexual les otorga un talento que se debe compartir según su diseño, no negárselo al otro sexo.

Hemos gastado demasiado tiempo enfocando la cuestión de si el cristianismo prohíbe la homosexualidad o no. En 2019, necesitamos un nuevo discurso sobre una heterosexualidad:

  1. que sea un bien inherente, si no se abuse,
  2. que sea incomparable a la homosexualidad, y
  3. que sea la meta de cualquier ministerio para los cristianos identificados como LGBT.

Los hombres y las mujeres—de hecho todos humanos—tienen los derechos y las obligaciones iguales a estar en tal discurso. Todos deben dejar de decir “la heterosexualidad no es santidad.” Ese refrán es incierto y engañoso. Es un non sequitur. Dios nos diseñó. Su diseño para nosotros es sagrado. Su diseño para nosotros es heterosexual. Hasta un celibato tiene que reconocer la belleza y valor intrínseco del otro sexo. Nadie puede vivir su vida creyendo que el otro sexo no merezca cariño y gozo.

A los que son como Greg Coles, permítanme decirles, “dejen de pensar en la homosexualidad y sean machos como Dios los creó!” Si vuelven sus pensamientos a la oscuridad, oren y llenen sus mentes y corazones del Espíritu Santo.


Preston Sprinkle republished a 2017 essay by Greg Coles: “You don’t need to pray that God makes me straight” at the Center for Faith, Spirituality, and Gender. Coles boldly rejects the idea of heterosexuality.

Coles’s message joins an enormous genre of books and conferences exhorting Christians to engage LGBT issues by speaking the “truth in love.” Key players in the discussion hail from Christian institutions, most notably Mark Yarhouse of Regent University.

Sprinkle’s Center resembles Love Boldly, Faith in America, the Reformation Project, Revoice, Spiritual Friendship, New Ways Ministry, and LivingOut, not to mention the Metropolitan Community Churches. They partner often with Christians like Jackie Hill Perry, Rosaria Butterfield, Karen Swallow Prior, Wesley Hill, and Sam Allberry.

These groups aim to bridge clashing worldviews. One worldview adapts Biblical exegesis to postmodern culture. In noting homosexual culture today, this worldview condones homosexual identity, homosexual desire, or even sodomy itself (see here for “Side A” versus “Side B”.)

The other discerns today’s cultures according to the Bible. Based on what the Bible says, it deems today’s homosexual identity, desire, and intercourse wrong (see here for an argument linking postmodern sexual movements to the Sodom story.)

Coles equates heterosexuality and homosexuality as equally broken and sinful, stating, “Gay or straight, we are all drawn to lustful behaviors.” He offers an either/or choice:

  1. reject all sex as equally sinful or
  2. offer the same grace to all sexual inclinations.

The first would deny Christians the pleasures and procreation of normal sex. Since this is impossible and conflicts with Jesus (who glorifies male-female intimacy within marriage in Matthew 19:4-12 and in Mark 10:6-12), readers must choose #2.

Consequently equal grace to all sexuality becomes a de facto endorsement of homosexual desire. This is rhetorical but not Biblical.

The leveling between heterosexuality and homosexuality reinforces LGBT tenets:

  1. the desires are “normal,”
  2. the desires form an “identity,” and
  3. it is “bigoted” to ask that homosexuals repudiate their desires if we do not ask heterosexuals to abandon theirs.

These tenets make it difficult to uphold chastity, even with the best intentions. Study the case of Julie Rodgers at Wheaton College.

Catholic and secular, homosexual and heterosexual contexts all provide grounds for evangelicals to approach such reasoning with caution. The Catholic Church faces catastrophic fallout over sex abuse by clergy, of which 85% was same-sex. A MeToo movement spotlighted heterosexual abuses resulting from the loss of sexual boundaries. Clear limits matter. Yet the “truth in love” movement grows in appeal.

So what’s going on? Rather than scan the Christian responses to homosexuality, one can gain greater insight by examining evangelicals’ failure to understand heterosexuality.

In Jephthah’s Daughters (2015), I included a chapter called “Problem of Women.” In America, fear of sex has often led to a male fear of women and a female fear of men. In response, men avoid women and women avoid men through social arrangements that become sex-segregated. Nathaniel Hawthorne did not construct the Puritans’ fear of sexuality from nothing. From “Rip van Winkle” to Walden, one finds a long history of Americans dreading heterosexual domesticity (I explore this conundrum at length in The Colorful Conservative as well.)

While Coles appears to present a new idea it is actually old. His starting premise, like the premise of most others in this movement, errs: the major challenge facing Christians is not how to respond to homosexuality, but rather how to cultivate a Biblical heterosexuality.

In Genesis 1-2 God designs males and females to fulfill each other through sexual intercourse. The fifth commandment in Exodus 20:12 places “mother” and “father”—roles based on intercourse and procreation—as figures whose respect bestows flourishing on “the land.” Rejecting one sex goes against God’s design in scripture.

God did not create sexual orientations. He created sexes. God gave each sex a body equipped to provide physical pleasure and children to the other sex. Everybody is heterosexual because everyone is either male or female, regardless of what feelings they may grapple with. Homosexuality has nothing to do with heterosexuality and cannot be cast as its corollary.

Some people feel powerful same-sex desires, as Greg Coles narrates in his column. This does not change the fact that they are heterosexual already, because God made them that way, as the Bible tells us. Men in his situation need to stop self-analyzing to see if they can become straight—that is a moot point. They need coaching to help them date marriageable women.

Ministries should help people prepare themselves mentally, physically, and spiritually for deliberate courtship of the opposite sex. Coles relates his own failures to feel desire at random images of women. That misses the point. God created his body to be desirable for a woman, so he has a gift to share. Ministries should encourage Christians to use their God-given anatomies. Their sexed anatomy grants them a pleasurable talent to be shared according to its purpose rather than denied the opposite sex.

The focus on whether Christianity forbids homosexuality has taken too much energy. For 2019, we need to begin a new discussion of heterosexuality as:

  1. a good in itself, provided that it is not abused,
  2. incomparable to homosexuality, and
  3. the necessary end of any ministry for Christians who identify as LGBT.

Males and females—indeed all humans—have equal right and duty to engage in such discussion. People should stop saying “heterosexuality is not holiness.” That statement is vague and misleading, a non-sequitur. God’s design for us is holy and His design is heterosexual. Even a celibate person has to acknowledge the beauty and intrinsic value of the opposite sex. Nobody can live life believing that the opposite sex does not deserve affection and pleasure.

To people like Greg Coles, I can only say, stop thinking about homosexuality and apply your male body to its God-given purpose. If your thoughts go back to dark places, pray and fill your mind and heart with the Holy Spirit.